“Mi abuelo y el lobizón”

 

 

Este tema forma parte de nuestra identidad, de nuestras creencias. Se cree que el séptimo hijo varón, al llegar a la adolescencia, se transforma en lobizón, criatura mitad hombre, mitad bestia. Además, en nuestro país es costumbre que el Presidente apadrine un niño que nace luego de seis hermanos varones para revertir esa maldición.
Quisiera compartir un suceso. Una noche de tormenta, mi abuelo Valentín, al escuchar alboroto en el gallinero, ladrido de perros y demás, decidió salir con su escopeta a ver de qué se trataba. Mi abuela Prudencia le pidió que no lo haga ya que podría ser peligroso. No obstante, mi abuelo, “correntino corajudo” -relata mi madre-, sale con pasos fuertes. En la quinta, al alumbrar, vio una bestia.
Este ser peludo, mezcla de hombre y perro, estaba tirado en el piso. Parecía haber sido atacado por los demás perros. Mi abuelo apuntó con su escopeta y escuchó muy claramente:- “¡Chereyá, chereyá compadre!”- que en guaraní significa “déjame”.
Mi abuelo, que no se asustaba fácilmente, recuerda que un frío recorrió todo su cuerpo y rápidamente se dirigió a la casa para contarle lo sucedido a su asustada esposa.
Al otro día, se enteraron que ese hombre, el compadre, había sido asistido en la salita del lugar por mordedura de perros. Crease o no, siempre recuerdo este relato familiar que ahora cuento a mis hijos y nietas.

Autor: Claudia Maider Aguirre.

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